FUNDAMENTO

Según el economista “hereje” chileno Manfred MaxNeef, las necesidades humanas son las mismas en todas las épocas y culturas. Lo que sí cambia de una época a otra (y de una cultura a otra) es la forma de satisfacerlas. Las necesidades identificadas son nueve: subsistencia, protección, entendimiento, participación, ocio, creación, libertad e identidad. La música tiene relación con varias de esas necesidades humanas.

Con la subsistencia, al relacionarse con el descanso y la salud mental.
Con la necesidad de afecto, al sustentar espacios de encuentro, permitir en ellos la expresión de emociones, pilares de la amistad. Con la de entendimiento, al promover la curiosidad, la disciplina y los ámbitos de interacción formativa. Con la del ocio, al justificar el uso del tiempo libre y la realización de espectáculos o acompañar nuestra privacidad.

Con la de Creación, para los que descubren y desarrollan habilidades en el canto, algún instrumento o la danza.
Para con la de libertad, para los que llegan a ser rebeldes y audaces. Y, por último, con la identidad: porque anima los sentimientos de pertenencia y autoestima (en este orden) porque constituye un símbolo, un lenguaje o un valor para determinados grupos, generando ámbito de contención (muy importante en los jóvenes), porque favorece el conocimiento propio y del otro; y porque cumple un rol constituyente en la memoria histórica de los pueblos.

Teniendo en cuenta estos enunciados, LUZ PARA MUNDOS REMOTOS pretende contribuir al desarrollo de la capacidad de audición atenta de la música del mundo, en sus eventuales y oportunos oyentes.

Río Colorado, Río Negro, mayo 2006.

MIGUEL SARAVIA-ARGENTINA

 

Miguel Saravia (1943–1989) no fue un cantor de multitudes, sino un cartógrafo del silencio. Nacido en San Luis y forjado en la arcilla de los valles salteños, entendió que el folclore debía ser un coloquio íntimo y no un grito de guerra.

Mientras el folclore de su tiempo buscaba la épica colectiva, Saravia se replegó hacia el reducto pequeño. Su necesidad de entendimiento lo llevó a maridar la raíz telúrica con la sofisticación del jazz y la bossa nova. Canciones como "Tierra Salteña" dejaron de ser piezas costumbristas para convertirse en paisajes de una profundidad psicológica inédita.

Esta audacia, que le valió el señalamiento de "desertor" en su propia tierra, fue en realidad un acto de libertad. Al despojarse de las estructuras rígidas del género, Saravia transformó su canto en una confidencia. Hoy, escuchar a Miguel Saravia es aceptar una invitación a un viaje de introspección donde la zamba se vuelve atmósfera y la nostalgia, un acto de resistencia cultural. Su legado es una luz tenue, una vela en la noche, que nos recuerda que los mundos más remotos no habitan en el mapa, sino en la capacidad de escuchar lo que no se dice.