Si buscás a alguien que entienda el silencio tanto como el sonido, ese
es Hernán Ríos. Más que un pianista de jazz o música argentina, Hernán es un artesano del instante. Su enfoque no pasa por la
velocidad técnica —que le sobra— sino por la improvisación pura,
esa que no tiene red de seguridad.
Su trabajo junto al percusionista Facundo Guevara es, sencillamente, de otro planeta. Juntos borraron la frontera entre lo folclórico y lo vanguardista, demostrando que una zamba puede ser tan libre como el bebop más rabioso.
No es el típico profesor de conservatorio. Hernán formó a generaciones de músicos enseñándoles a escuchar antes que a tocar, enfocándose en la búsqueda de una voz propia más allá de las partituras.
En lo personal, Ríos huye de los flashes y el marketing vacío. Es un
tipo profundo y reflexivo, de esos que creen que la música es una extensión de
la ética personal. Se dice que su mayor influencia no es solo Bill Evans o el
Cuchi Leguizamón, sino la observación de la naturaleza y el ritmo cotidiano de
la vida rioplatense
"La técnica tiene que estar al servicio del espíritu, y no al revés. Si no hay emoción, solo hay dedos moviéndose."
Hernán vive como toca: con una honestidad brutal. No busca el aplauso fácil, sino ese momento mágico donde el tiempo parece detenerse y la nota justa cae en el lugar indicado.


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