Nacida en San Miguel de Tucumán en 1919, Leda Valladares fue mucho más que una recopiladora: se trató de una artista total, poeta, musicóloga y una de las mentes más lúcidas y transgresoras de la cultura sudamericana. Criada en el seno de una familia tradicional —con un padre melómano que la expuso tempranamente al jazz y la música clásica, y una sólida formación en filosofía—, su destino artístico dio un vuelco definitivo en su juventud al escuchar por primera vez una baguala en los Valles Calchaquíes. Ese encuentro operó como una revelación estética: entendió que en los rincones rurales del norte argentino latía un tesoro expresivo milenario, un grito visceral y anónimo que la civilización urbana ignoraba o pretendía domesticar.
Su búsqueda estética consistió en rescatar la fuerza prístina del canto con caja —vidalas, coplas y bagualas— sin los adornos ni los academicismos melindrosos de los escenarios citadinos. Tras su célebre etapa en Europa junto a María Elena Walsh en el dúo Leda y María, donde difundieron el folclore patrio ante la vanguardia parisina, Leda emprendió una tarea titánica: registrar el Mapa Musical Argentino, armada con un grabador portátil por caminos de tierra y rancherías. Lejos de proponer una arqueología muerta, entendió este repertorio como una energía viva, áspera y metafísica.