No fue simplemente un pianista de jazz en el sur del mundo; fue el arquitecto de una libertad sin concesiones, un náufrago lúcido
que encontró en el teclado un territorio soberano cuando los mapas de la
industria exigían obediencia y folclores de postal.
Nacido en Buenos Aires en 1913, criado sin más brújula que el
asombro y una temprana vocación absoluta, Villegas entendió desde niño que el
arte no transa. Su formación clásica junto al maestro Alberto Williams y su devoción
temprana por Maurice Ravel convivieron de forma natural con los abismos
armónicos de Art Tatum y el pulso vital de Duke Ellington.
Cuando pisó los estudios de la Columbia en Nueva York o recorrió los escenarios
del mundo, prefirió romper contratos y tolerar el exilio antes que encorsetar
su talento en los clichés tropicales o comerciales que el norte global le
imponía a los sudamericanos. Como él mismo sostenía con fina ironía —cuando le preguntaban por su
apodo—, tal vez lo llamaban «Mono» porque era de los pocos que lograba imitar
con dignidad a los verdaderos seres humanos.
Su
intransigencia ética —esa negativa rotunda a ceder su autonomía artística
frente al poder económico— resuena hoy como una luz intermitente para los
mundos remotos, recordándonos que la dignidad es la única partitura que no
admite variaciones por encargo.