FUNDAMENTO

Según el economista “hereje” chileno Manfred MaxNeef, las necesidades humanas son las mismas en todas las épocas y culturas. Lo que sí cambia de una época a otra (y de una cultura a otra) es la forma de satisfacerlas. Las necesidades identificadas son nueve: subsistencia, protección, entendimiento, participación, ocio, creación, libertad e identidad. La música tiene relación con varias de esas necesidades humanas.

Con la subsistencia, al relacionarse con el descanso y la salud mental.
Con la necesidad de afecto, al sustentar espacios de encuentro, permitir en ellos la expresión de emociones, pilares de la amistad. Con la de entendimiento, al promover la curiosidad, la disciplina y los ámbitos de interacción formativa. Con la del ocio, al justificar el uso del tiempo libre y la realización de espectáculos o acompañar nuestra privacidad.

Con la de Creación, para los que descubren y desarrollan habilidades en el canto, algún instrumento o la danza.
Para con la de libertad, para los que llegan a ser rebeldes y audaces. Y, por último, con la identidad: porque anima los sentimientos de pertenencia y autoestima (en este orden) porque constituye un símbolo, un lenguaje o un valor para determinados grupos, generando ámbito de contención (muy importante en los jóvenes), porque favorece el conocimiento propio y del otro; y porque cumple un rol constituyente en la memoria histórica de los pueblos.

Teniendo en cuenta estos enunciados, LUZ PARA MUNDOS REMOTOS pretende contribuir al desarrollo de la capacidad de audición atenta de la música del mundo, en sus eventuales y oportunos oyentes.

Río Colorado, Río Negro, mayo 2006.

MATILDE CASAZOLA-BOLIVIA

 

La historia de Matilde Casazola Mendoza comienza en Sucre, la capital histórica de Bolivia, en 1943. Su formación fue tan rigurosa como su arte., se especializó en guitarra en la Escuela Nacional de Maestros, una disciplina que le brindó la herramienta perfecta para unir el rigor técnico con la efervescencia lírica de su alma.

La década de 1970 marcó el inicio de su consolidación, y su obra se convirtió rápidamente en un referente. Lo que distingue a Casazola no es solo su dominio de los géneros folklóricos —el kaluyo, la cueca, el yaraví—, sino la manera en que elevó estos ritmos a un plano de poesía trascendental.

Sus canciones no son simples tonadas: son relatos íntimos que exploran la naturaleza, la identidad boliviana. Sus canciones se instalaron en el imaginario colectivo, siendo adoptados por artistas de diversas generaciones que reconocieron en ella a la gran matriarca de la canción de autor boliviana.

Más allá de los escenarios, Matilde Casazola ha dedicado gran parte de su vida a la docencia, compartiendo sus conocimientos de guitarra en centros como la Escuela Nacional de Folklore.

Su producción literaria corre en paralelo a la musical, con más de una decena de poemarios que consolidan su reputación como una de las voces líricas más importantes de Hispanoamérica. Es esta dualidad —el dominio de la palabra escrita y la melodía tejida— lo que la hace única.

El Estado boliviano le rindió uno de los mayores honores: el Premio Nacional de Cultura en 2017, mismo año en que fue reconocida con el Doctorado Honoris Causa por la Universidad Mayor de San Andrés.