La historia de Matilde Casazola Mendoza comienza
en Sucre, la capital histórica de Bolivia, en 1943. Su formación fue tan
rigurosa como su arte., se especializó en guitarra en la Escuela Nacional de
Maestros, una disciplina que le brindó la herramienta perfecta para unir el
rigor técnico con la efervescencia lírica de su alma.
La década de 1970 marcó el inicio de su consolidación, y su obra se
convirtió rápidamente en un referente. Lo que distingue a Casazola no es solo
su dominio de los géneros folklóricos —el kaluyo, la cueca, el yaraví—, sino la
manera en que elevó estos ritmos a un plano de poesía trascendental.
Sus canciones no son simples tonadas: son relatos íntimos que exploran
la naturaleza, la identidad boliviana. Sus canciones se instalaron en el
imaginario colectivo, siendo adoptados por artistas de diversas generaciones
que reconocieron en ella a la gran matriarca de la canción de autor boliviana.
Más allá de los escenarios, Matilde Casazola ha dedicado gran parte de
su vida a la docencia, compartiendo sus conocimientos de guitarra en
centros como la Escuela Nacional de Folklore.
Su producción literaria corre en paralelo a la musical, con más de una
decena de poemarios que consolidan su reputación como una de las voces líricas
más importantes de Hispanoamérica. Es esta dualidad —el dominio de la palabra
escrita y la melodía tejida— lo que la hace única.
El Estado boliviano le rindió uno de los mayores honores: el Premio Nacional de Cultura en 2017, mismo año en que
fue reconocida con el Doctorado Honoris Causa por la
Universidad Mayor de San Andrés.
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